domingo, 12 de octubre de 2014

Reclamo


Una mujer muy pintada criticó al pintor François Hyacinthe Rigaud un retrato que le había hecho...
--Estos colores no son los de mi cara.
--Pues me extraña, señora, porque los compramos en la misma tienda.

Revista en Red

Sonata Para Teresa


En 1810, Ludwig van Beethoven acudió a un recital que iba a ejecutar, según le aseguraron, un prodigio de la música. Se trataba de una niña llamada Teresa, la cual tenía fama de precoz pianista que, en efecto, deslumbró a todos los presentes… hasta que llegó el momento de interpretar una pieza del compositor alemán.
La pequeña se aturdió tanto que se vio incapaz de tocarla y abandonó la sala entre sollozos. Beethoven corrió tras ella y le preguntó el porqué no había podido seguir con su pieza. Teresa, limitó a excusarse asegurando que todas las composiciones eran muy difíciles. Para sosegarla, el músico, prometió componerle una sonata sólo para ella.
Y así fue, al día siguiente, la joven pianista recibió una partitura inmortal. Se titulaba “Para Teresa”.
La pieza ha pasado a la historia bajo el título de “Para Elisa”, pero no se sabe bien si por error de algún copista o por la mala caligrafía del genial compositor.
Aunque la vida amorosa de Beethoven es algo confusa y bastante desconocida, algunos indicios apuntan a que la precoz pianista no era otra que Teresa Malfatti, de la que años después, al reencontrarla, se enamoró y quiso contraer matrimonio, siendo rechazado por la inspiradora de una de las sonatas más famosas de la historia de la música.

blogcindario.com (2006).
Bach24111

jueves, 9 de octubre de 2014

Revés Filosófico


Un día Voltaire, el célebre filósofo y escritor francés, llamó a su sirviente y le dijo:
--Tráeme mis zapatos.
El sirviente se los trajo, pero dándose cuenta Voltaire que estaban cubiertos de polvo le dijo severamente:
--¡Haz olvidado de limpiarlos!
--No vale la pena limpiarlos –respondió el sirviente--, las calles están tan polvorientas que es inútil limpiarlos, porque pronto estarán sucios de nuevo.
Voltaire permaneció silencioso. Se puso calmadamente sus zapatos y estaba a punto de salir cuando el sirviente le dijo:
--Señor, las llaves.
--¿Qué llaves? –preguntó Voltaire.
--Las llaves de la alacena para preparar mi almuerzo.
--Pero, ¿para qué preparas tu almuerzo? Al poco tiempo de haber comido, tendrás tanta hambre como la tienes ahora.
Y diciendo eso, el escritor salió a la calle dejándolo solo en la casa… y hambriento.

Vampiro Erudito (2012).

miércoles, 8 de octubre de 2014

Explosivo


Simón Bolívar fue un muchacho indisciplinado y salvaje, por esta razón antes de la muerte de su madre queda a cargo del licenciado José Sáenz, consejero familiar y manejador de las propiedades de los Bolívar. Un día el licenciado Sáenz lo llamó barrilito de pólvora y Simón le respondió:
--Tenga cuidado, no se me acerque, puedo estallar.

Anécdotas de Simón Bolívar (2009).
Héctor Blanco Castillo

viernes, 3 de octubre de 2014

Creador de Ídolos


En la década de 1930 el talabartero Antonio H. Martínez, oriundo de la Ciudad de León, Guanajuato, abrió un taller de calzado deportivo en la Ciudad de México, especializándose en botas para boxeador. En aquellos años la lucha libre era un deporte nuevo, traído de Estados Unidos, que tuvo bastante auge entre el público mexicano. Antonio se hizo aficionado a él y muy pronto comenzó a diseñar botas especiales para estos gladiadores. Un día recibió la visita del luchador de origen irlandés Ciclón McKey, quien entonces era la principal atracción en las funciones. Éste le pidió la confección de un antifaz que le permitiera ocultar su identidad en el cuadrilátero pero además fuera difícil de quitar por sus contrincantes. El secreto del talabartero fue tomar 17 medidas específicas de la cabeza, que aseguraban un diseño anatómico, para crear la máscara perfecta, fórmula que aún permanece.

Muy Especial Num. 2 (2007).
Preguntas y Respuestas 2007

Muy Cuidadoso


El médico veterinario Luis Palazuelos Platas se encontraba con un grupo de colegas especialistas en fauna silvestre en un simposio en Monterrey. Durante un receso se encontraron con un veterinario que laboraba para un zoológico particular en  Tijuana y que hacía un buen tiempo no se le veía en los congresos.  Platicó que tuvo un peligroso accidente al manejar un chimpancé adulto. El primate le mordió y arrancó dos dedos de su mano derecha y arañó su cara abriéndole una herida a lo largo de su párpado inferior derecho y mejilla derecha. Afortunadamente se liberó del animal y fue tratado exitosamente en un hospital. Las cicatrices que presentaba en la cara, en el brazo y en la mano eran las pruebas de ese terrible suceso.
--Yo también tengo una cicatriz –dijo uno de ellos, queriendo participar en la plática. Imprudentemente descubrió su brazo derecho el cual mostraba una larga y ancha cicatriz que iba del codo hasta el dorso de la mano. --Esto me lo hizo un tigre de bengala cuando le iba a dar un tratamiento en su comida. Por poco y me corta la cefálica.
Otro médico se descubrió parte de la espalda levantándose la playera. Presentaba en el flanco derecho a nivel lumbar tres cicatrices hundidas y brillosas de forma circular del tamaño de una bola de golf mezcladas con otras en forma de rayas delgadas.
--A mí me mordieron dos monos araña en su jaula de cuarentena. No me los podía quitar. Me dieron con saña los desgraciados.
Un tercero no quiso quedarse atrás y levantó parte de la pernera del pantalón y exhibió su pantorrilla izquierda donde una cicatriz ancha y lisa de color rosa intenso en forma de luna en cuarto menguante impresionó a todos.
--Aquí me mordió una cascabel que acababa de ordeñar. Se me escapó, y al tratar de sujetarla la agarré por la cola y que me da un rozón en la pierna. Eso fue una ventaja, además de que era pequeña y estaba recién ordeñada. Tenía casi nada de veneno. Aunque me inyectaron el suero anticrotálico se me necrosó un poco la herida.
La atención de todos se dirigió hacia Palazuelos:
--¿Y tú, Luis? –Preguntó aquel que contó su aventura con el tigre. --¿Qué cicatrices te han dejado los animales después de tantos años?
Palazuelos con una sonrisa y alisándose el bigote le respondió:
–Ninguna. No soy tan güey. Yo sí me cuido.


Anecdotario Personal (s/p)
Octavio Rojas

En Tlacotalpan Renació


El 30 de octubre de 1968, Agustín Lara cumplía 71 años (aunque él decía tener sólo 68), vivió el que fue acaso su último día plenamente feliz, cuando Tlacotalpan, la alegre población veracruzana donde el músico supuestamente había nacido, le rindió un conmovedor homenaje.
El recorrido entre el puerto de Veracruz y Tlacotalpan, había sido triunfal y placentero. A bordo del autobús convertido en salón de fiestas, meseros hacían circular viandas y vinos entre las guapas mujeres y los distinguidos invitados que acompañaban al célebre compositor. Mientras, un conjunto de guitarristas ejecutaba ininterrumpidamente lo mejor de su música. A lo largo de la ruta, en diversos pueblos y rancherías, se hicieron otras tantas escalas con abundantes libaciones; se trataba de “saludar a los paisanos”. Más de cinco horas demoró Agustín su arribo a Tlacotalpan.
Los “coterráneos” de Lara no repararon en gastos y esfuerzos para enaltecer al músico-poeta, festejar su cumpleaños y celebrar el retorno a la “patria chica”. Alrededor de él estuvieron desde el alcalde hasta el más humilde lugareño, lo mismo que las familias pudientes y los rancheros ricos. Se sirvió un banquete de mil cubiertos, en el cual Agustín abrazó enternecido a algunos viejecitos que decían recordar al “chiquillo travieso, retozón e inteligente” que había salido del pueblo muchos años atrás en busca de la fama. En la escuela local se registró una escena conmovedora. Un anciano, nonagenario y ciego, fue a su encuentro en una silla de ruedas para saludar a “su viejo alumno”. Con voz temblorosa hizo tiernos recuerdos. Finalmente, Lara fue a postrarse ante el Cristo Negro de la iglesia del pueblo.
Lara fue tan feliz en Tlacotalpan aquel día de 1968, que tal vez no recordó siquiera que estaba viviendo una mentira, un incomprensible mito urdido por él mismo. Treinta años atrás había conseguido una constancia expedida por la oficina del Registro Civil de Tlacotalpan, que lo acreditaba como nativo de esa población “por información de testigos”, ya que en los archivos correspondientes no se encontró su acta de nacimiento. Y no podía encontrarse ahí porque Lara había nacido en la Ciudad de México, el 30 de octubre de 1897, o sea tres años antes del 1900 que él hizo anotar en el acta que lo hacía aparecer como tlacotalpeño.
Al morir en 1970, el músico se llevó a la tumba el secreto de los motivos que lo indujeron a hacerse pasar por nativo de Tlacotalpan. Corre por Veracruz una anécdota según la cual alrededor de 1930 Lara visitó a un rico azucarero de la región, amigo suyo, en unión del periodista Juan Malpica Silva, director de El Dictamen de Veracruz. El trío se corrió una parranda de una semana, durante la cual el músico y sus amigos estuvieron a punto de perder la vida. La lancha en que se paseaban zozobró en un vericueto cercano a Tlacotalpan y sus ocupantes pasaron una noche terrible, asidos a una enramada, hasta que unos lugareños los rescataron. Más tarde, al narrar el caso, Lara comentaría:
              --En Tlacotalpan volví a nacer.

La Música Mexicana (1981).
Salvador Morales