León Trotsky, quien de niño respondía cuando lo llamaban Lev
Davidovich Bronstein. El revolucionario soviético estuvo detenido en Siberia y
logró escapar con el pasaporte robado de León Trostky, uno de sus carceleros. Desde
entonces empleó el seudónimo, como medida de protección. Vino a México en 1937,
huyendo de Joseph Stalin, de
nombre real Iósif Vissariónovich Dzhugashvili; ignoraba que el brazo del líder soviético era tan largo,
que en 1940 habría de asesinarlo adentro de su casa en Coyoacán. No tal cual su
brazo sino el de Jacques Mornard, fanático de Stalin y encargado de enterrar el
piolet en el cráneo del político aquel 20 de agosto. Por cierto, Mornard era un
nombre falso de Ramón Mercader. Tras matar a Trotsky, vivió treinta y ocho años
más por un cuestionable descuido divino. Lo condecoraron como héroe de la Unión
Soviética y le daban dinero tanto el Comité Central como la KGB. Al morir en 1978
lo enterraron en Moscú bajo otro nombre falso: Ramón Ivanovich López.
El Lado B de la cultura (2021).
Julia Santibañez