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jueves, 21 de agosto de 2014

Las Tres Pelonas

             
La danza mexicana Las Tres Pelonas fue obra de Isaac Calderón, a quien le pareció muy gracioso el aspecto de sus tres hijitas que habían perdido el pelo a consecuencia de la epidemia de tifo que azotó al país en 1892.
                Nacido en 1860 en tierras michoacanas, Calderón era un hombre de aspecto enfermizo y suaves modales. Sin embargo, no vaciló en tomar las armas y participar en varios combates de la Revolución, aunque al iniciarse el conflicto ya pasaba de los 50 años y poseía un sólido prestigio como compositor y director orquestal.
                Varios cronistas de la época refieren que Las Tres Pelonas se cantaba con gran frecuencia entre los revolucionarios; más aún, el máximo admirador de la canción era Pancho Villa, quien gustaba de alegrarse haciéndola tocar una y otra vez, en ocasiones por espacio de horas enteras. Y entre sus “Dorados” era una de las tonadas más populares.
                Ingratas fueron, paradójicamente, las “regalías” que pagaron los villistas a Calderón. En 1915, una partida de ellos lo capturó y lo fusiló sumariamente en un pueblo de Guanajuato, sin imaginar siquiera que se trataba del compositor favorito de su jefe. Calderón murió sin pedir clemencia. Y –piensa uno— tal vez habría podido salvar su vida con solo identificarse como autor de Las Tres Pelonas.

La Música Mexicana (1981).
Salvador Morales

viernes, 23 de mayo de 2014

Con Poco Sentido del Humor

               
Observaba el general Pancho Villa durante un combate, que a lo lejos, por la retaguardia, se levantaba una gran cortina de polvo. Ordenó a un soldado:
                --Acércate lo más posible y observa con tus prismáticos de quién se trata, si son amigos o enemigos.
                El soldado obedeció la orden y corrió veloz a cumplirla. Minutos después regresó para informar:
                --Mi general, son amigos.
                --¿Cómo lo sabes? –replicó Villa.
                --Pues porque vienen platicando…
                La broma o la estupidez del soldado no fue perdonada por Villa. Le colocó una bala entre ceja y ceja.

Las Mil Anécdotas y Un Comentario (1971).
Octavio Aguilar de la Parra.

domingo, 20 de abril de 2014

Un Regalo Muy Útil


Pancho Villa tenía debilidad por los fotógrafos estadounidenses, en particular por uno: Otis Aultman.
Fotografió la batalla de Casas Grandes y Juárez en 1911 (ahí tomó su primera foto de Villa) y la rebelión de Orozco en 1912. Villa lo llamaba, por su pequeño tamaño, el Gallito. Había tenido una breve amistad con Villa en El Paso en 1912. En 1913 lo siguió de Ciudad Juárez a Chihuahua. Se decía de él que era el único hombre vivo que había insultado a Villa. Fue su fotógrafo más fiel. A Pancho no le gustaban los lujos, pero Aultman le regaló un retrete de porcelana para su tren. Los ayudantes de Villa pronosticaban la peor de las suertes cuando el general viera aquello. Pero Villa no sólo no se enfadó sino que quedó encantado con el aparato. Fascinado, tiró la cadena repetidas veces.
--Gracias, Gallito –dicen que dijo a Aultman.
--Por nada –contestó Aultman.
--Mañana me cuentas cómo le hacen los gringos pa’ bañarse en una chingadera tan chiquita.


Pancho Villa. Una Biografía Narrativa (2006).
Paco Ignacio Taibo II

viernes, 18 de abril de 2014

Bien Machote

               
En León, Rodolfo Fierro, segundo al mando en la División del Norte comandada por Pancho Villa, vivía en el hotel México, acompañado por “una mujer rubia”, pero también estaba casado en segundas nupcias con Chonita, que vivía en Chihuahua. Son frecuentes las narraciones que lo asocian con la entrada en un prostíbulo con un grupo de compañeros, y cerrarlo para su uso durante un par de días.
                Pero un tal Enrique Picard, propietario de los almacenes Las Tres B en Chihuahua, contaba que en julio de 1914 le avisaron que lo quería ver Rodolfo Fierro. Rodolfo le dijo al aterrado propietario, porque la fama de Fierro era terrible, que lo buscaba porque sabía que tenía a la venta cosméticos europeos. “Entramos al almacén y me compró lápiz para los labios (que no fuera muy rojo, un tono suave). Se lo entregué y acto continuo aplicó un poco a sus labios. Luego me preguntó si tenía algo para un lunar que me mostraba en una de sus mejillas. Se lo di y pronto también lo aplicó sobre el lunar. Luego, con voz amenazante, me anticipó que no debería yo decir a nadie nada de aquello. No –le aseguré--, pierda usted cuidado.”


Pancho Villa. Una Biografía Narrativa (2006).
Paco Ignacio Taibo II